miércoles 4 de junio de 2008

El diario íntimo de Gata Flora McRandom (tercer oleaje-finale totale)

Querido Diario,
Acabo de encontrarte escondido en medio de unas pañoletas que fueron de mamá, dentro del baúl de cedro que nunca pensé que terminaría en el sótano de mi casa, y ni siquiera comprendo cómo me había olvidado de tu existencia y de cómo llegó este baúl a este rincón de las cosas sin importancia.
Está bien que han pasado más de veinte años y en ese lapso, mi vida cambió de un modo cinematográfico, pero de todos modos... ¿Cómo se me había borrado de los recuerdos la vulgaridad con la que me expresaba y las pavadas de las que me hacía eco? Me leo y me provoca entre risa, pena y vergüenza... es algo intermedio bastante indescriptible.

¿Se puede empezar siendo una persona y llegar a ser alguien completamente distinto? Yo pensaba que no, aunque ahora dudo. Evidentemente, bajo mi puente pasó mucha agua. No me siento en nada parecida a esa mujer enloquecida, desasosegada y con falta de roce que fui durante los primeros cuarenta años de mi vida. Era una máquina de hablar, de escupir cualquier cosa que viniera a mi mente, empeorado de por sí cualquier pensamiento, por las pobres opiniones de mujeres más amargadas que yo, todas llenas de un resentimiento proveniente de sus propias frustraciones... y yo, caía en sus trampas llenacabezas (evidentemente, no era yo mejor que ellas) y dentro de mí, la ira y la insatisfacción iban in crescendo hasta convertirme en un ser insoportable, no solamente para Edmundo sino para cualquiera que no pensara de la misma manera que yo.
Me consuela el no irme de este mundo hecha una necia. Me consuela comprobar que si mi matrimonio no funcionó, no fue solamente responsabilidad de Edmundo sino también mía.

Querido Diario... (qué raro me parece decir "querido diario") de lo que nunca me arrepentiré es de haber viajado a New York, en donde (estoy riéndome) sí hay americanos, por supuesto, y nadie me aplastó en el Empire State Building como yo pensaba que pasaría. En cuanto llegué, sentí que mi vida cambiaría drásticamente. Fui despacito, descubriendo todos los lugares que llevaba anotados en un cuaderno, junto con toda la información que había logrado conseguir, y ese éxodo sucedió ya sin culpa alguna porque Edmundo no volvió nunca más a la que fue nuestra casa y creo que si lo hubiera hecho, yo ahora no lo respetaría como lo respeto.
Rehizo su vida.

En New York, tuve la suerte de empezar a trabajar casi de inmediato en un restaurante del barrio dominicano en el Uptown de Manhattan, y allí empecé a darme cuenta de que la vida era tan pero tan enorme comparada con mi diminuto mundo previo, ese mundo lleno de chismes, deducciones basadas en supuestos absurdos, comparaciones ridículas efectuadas por personas a las que les sobra el tiempo, o que mejor dicho, siempre están viendo la paja en el ojo ajeno e ignoran la viga que les tapa la visión propia... en fin, tal vez otra persona conserve de su pasado un recuerdo más amable; lo que es yo, querría olvidarme de la que fui, de la que creyó enamorarse de ese hombre... Rolando... supe que murió el otro día.
Y pensar que en mi ceguera, Edmundo salía perdiendo y Rolando, ganando.
Rolando es un chiste de mal gusto y su muerte no lo redime. La muerte no es redentora en sí misma, salvo la de aquéllos que valieron la pena. Rolando fue una mentira con pantalones, un invento creado por él mismo para hacer caer a mujeres como la que yo solía ser.

Trabajando en el restaurante dominicano, tomé verdadera conciencia de lo que es ser indocumentada en un país del primer mundo, lo que es la solidaridad de aquéllos que me ayudaron a sacar el Social Security Number, a ir consiguiendo un lugar digno en donde vivir.
Ése fue el gran cachetazo de la vida hacia mi necedad previa. Yo pensaba que no había peor cosa que un hombre llevando sandwiches a la cama para ver el fútbol... y tuve que convivir con extraños que hacían mucho más que eso, como por ejemplo, drogarse en mi baño.

Me produce escalofríos recordar todas las situaciones de riesgo por las que pasé, un poco por inconsciente y otro poco por mi necesidad de encontrarme conmigo misma. Está bien, así me fortalecí y dejé de pensar todo el tiempo que los demás tenían la culpa de mi malestar. Así descubrí que la manicura hablaba sin ton ni son sobre temas que la excedían, como suele suceder: Quien sabe, se cuida más de opinar sobre temas álgidos, mientras que otras personas, con tal de hacerse oír opinan sobre cualquier área del conocimiento. Sí, de eso me di cuenta bastante rápido porque la vida en otro país no es fácil y las personas solemos descubrir esos costados de la personalidad que de habernos quedado ancladas en nuestro sitio de origen, probablemente no se habrían despertado jamás.

Después del primer año, en el restaurante conocí a Sean, un americano de origen irlandés que amaba la comida latinoamericana y un día apareció con su sonrisa llena de dientes blancos de publicidad de dentífrico. Nos enamoramos a primera vista y me mudé con él al poco tiempo. Vivíamos en un no tan pequeño departamento alquilado, cerca de Columbia University.
Fui feliz hasta en las dificultades, y aprendí inglés a los tumbos, luego formalmente.

Sean y yo pasábamos nuestras tardes libres en el Riverside Park y alguna vez, almorzábamos en el Central Park para aprovechar el sol. Ya me había librado de vivir con roommates y además, empezaba a descubrir que un sí o un no en un momento determinado, cambian el rumbo de nuestra historia. Mi historia cambió el día en que compré mi pasaje a New York y me quité el peso de la mochila que llevaba en mi espalda: un matrimonio acabado y una relación con un mentiroso basada en la venganza hacia otro.

Sean y yo entramos juntos a trabajar en un restaurante de mayor nivel que el primero, esta vez, cerca de la Metropolitan Opera. Al dominar más el idioma, otras fueron mis posibilidades, y a los dos años, ya era adicionista. Conocí a directores y cantantes del MET y empecé a hablar de temas en donde las conjeturas acerca de las conductas ajenas, quedaban relegadas a un pequeño comentario anexo y no constituían de modo alguno, el tema principal de una conversación.

Llegaron mis vacaciones y tras haberme hecho bastante amiga de una soprano rusa que solía ser contratada en el MET, acepté su invitación para pasar tres semanas en su casa de San Petersburgo. Esas tres semanas fueron finalmente dos meses que no olvidaré nunca simplemente por el hecho de que no deseo olvidarlos.

Ahora sí siento que me estremezco y se me erizan los vellos de los brazos porque yo había querido conocer esa ciudad, ese país... y no sabía bien por qué. Es más, cuando te llamé Raskólnikov, no tenía la menor idea de quien se trataba Dostoievski. Fue llegar a Rusia y enamorarme por segunda vez de un país.
Sean se quedó en Manhattan porque sus vacaciones no coincidían con las mías. Yo tenía mucho que descubrir por mí misma, como él me decía con sus ojos tranquilos:

- Go there and enjoy! It's your dream! You don't have two lives, just one!


And yes, we just have one life and we can't wait and wait for Godot, without knowing that perhaps, tomorrow... we may pass away. Thanks my dearly beloved Sean, thank you for showing me true love encouraging me to take that blessed flight to Russia...

Sí, querido diario de una necia que por lo menos intentó mejorar un poco su calidad como ser humano... estoy de vacaciones en Buenos Aires porque vine al funeral de mi madre. Voy a vender su casa y la mía porque Sean y yo tenemos una granja en North Carolina y yo no necesito más que eso. Muerta mi madre, no me queda nadie en esta ciudad y además, no sabría ni por dónde empezar a acomodarme. Mi vida está hecha en otra parte.
Aquí hay demasiadas vainas que deseo dejar atrás, demasiadas camisetas que no estoy dispuesta a sudar.






Te llevaré conmigo como recordatorio, como ayuda memoria en caso de que algún día me olvide de agradecer que a mis sesenta años, estoy con quien realmente deseo estar y en un lugar bellísimo en donde cada despertar es en sí una bendición.

Tuya,

Gabriela Florencia McRandom O'Neill
junio de 2008


La de las imágenes soy yo (aviso porque con la caracterización, puede no ser obvio).