domingo 28 de diciembre de 2008

El ángel normando (L'ange norman-d)

Escribir biografías no es mi gran placer; para eso están los especialistas, los biógrafos investigadores de vidas. Mi estilo es el anecdotario personal, y el crear ficción, a veces divertida y otras veces dramática, o compartir parte de lo que se trata mi trabajo como Régisseur: Analizar una obra, ya sea una ópera u obra teatral, y verter por escrito mi visión sobre ella, mi propia interpretación sobre cada personaje y sus circunstancias.

Para escribir con detalles sobre la vida de alguien y hacerlo en forma dinámica, carente de exageraciones o falacias en pro o en contra… hay que hacer investigaciones serias... y hay gente con talento para eso. Yo escribiría una biografía si fuese un trabajo que me encargan, pero no por pasatiempo.
Dado que este lugar es mi casa virtual, aprovecho para contar mis propias sensaciones con respecto a las obras y personas hacedoras del arte.



En fin, todo este preámbulo de domingo caluroso viene a colación de que se me ocurrió arreglar una de mis bibliotecas, y en un recoveco encontré mi carpeta de francés de cuando tenía 15 años e iba a la Alliance. Pasando las hojas, encontré por ejemplo, la lista de mis artistas favoritos de ese momento, y con alegría descubro que nadie de todos ellos ha dejado de gustarme y que muchos de ellos han sido nombrados en Questa sono io… a lo largo de los tres años y medio que lleva este blog.


Hoy es el turno del cantautor francés Gérard Lenorman, normando como su apellido, originalmente Lenormand. Elegí su interpretación de la preciosa canción de Jacques Brel, en donde se manifiesta la intensidad devastadora del autor, Ne me quitte pas, compuesta y dedicada a la amante de Brel, Suzanne Gabriello… y a continuación , como broche de oro del día de hoy, les presento un par de creaciones de Lenorman que yo escuchaba una y otra vez en mi adolescencia.


Me gusta la voz de Gérard, su expresividad que no es actuada sino sentida, y la degustación de cada palabra que dice. Una de las cosas que más me fascinan de su interpretación de Ne me quitte pas es que él pasa de un estado de ánimo a otro, porque el texto y la música de la canción los transita. Son los altibajos propios de la situación en la que se encuentra y que nos da idea de un fin previsible.

No se olviden de detener el podcast que se encuentra a la derecha del texto porque si no, escucharán en simultáneo.


Ne me quitte pas






Inicialmente, el cantante se expresa casi sin fuerzas, queriendo persuadir suavemente a quien quiere dejarlo, de que no lo abandone…


Ne me quitte pas-- No me dejes

Il faut oublier-- Hay que olvidar

Tout peut s'oublier-- todo puede olvidarse

Qui s'enfuit déjà-- lo que se fue ya


Oublier le temps-- olvidar el tiempo

Des malentendus-- de malos entendidos

Et le temps perdu-- y el tiempo perdido

A savoir comment-- para saber el cómo


Oublier ces heures-- olvidar esas horas

Qui tuaient parfois-- que mataban a veces

A coups de pourquoi-- a golpes de por qués

Le cœur du bonheur-- la felicidad del corazón


Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas--
No me dejes



Aquí, Lenorman muestra con su interpretación, que existe aún una chispa de esperanza, y realiza un ofrecimiento más que humano, que está dispuesto a cumplir…

Moi je t'offrirai-- Yo te ofreceré


Des perles de pluie-- perlas de lluvia

Venues de pays-- venidas de países

Où il ne pleut pas-- en donde no llueve


Je creuserai la terre-- escarbaré la tierra

Jusqu'après ma mort-- hasta después de mi muerte

Pour couvrir ton corps-- para cubrir tu cuerpo

D'or et de lumière-- de oro y de luz


Je ferai un domaine-- Construiré un dominio

Où l'amour sera roi-- donde el amor sea rey

Où l'amour sera loi-- donde el amor sea ley

Où tu seras reine-- donde seas reina


Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas-- No me dejes



… Tanta efusividad llega a un pico demasiado alto del cual es necesario bajar por la fuerza misma de la realidad. Su amada quiere dejarlo. Entonces, las promesas son ahora más realistas…

Je t'inventerai-- Yo te inventaré


Des mots insensés-- palabras sin sentido

Que tu comprendras-- que comprenderás,

Je te parlerai-- yo te hablaré

De ces amants-là-- de aquellos amantes

Qui ont vu deux fois-- que dos veces vieron

Leurs cœurs s'embraser-- sus corazones arder.


Je te raconterai-- Yo te contaré

L'histoire de ce roi-- la historia de ese rey

Mort de n'avoir pas-- que murió por no haber

Pu te rencontrer-- podido encontrarte


Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas-- No me dejes
Ne me quitte pas-- No me dejes


Otra vez, se produce un pico de éxtasis, de renovada energía. Si un volcán que se cree extinto puede volver a echar lava, el amor de ellos puede renacer…


On a vu souvent-- Se ha visto a menudo

Rejaillir le feu-- resurgir el fuego

De l'ancien volcan-- del antiguo volcán

Qu'on croyait trop vieux-- que se creía demasiado viejo


Il est paraît-il--- es al parecer

Des terres brûlées -- como las tierras quemadas

Donnant plus de blé -- que más trigo dan

Qu'un meilleur avril -- que el mejor abril


Et quand vient le soir -- y cuando llega la noche

Pour qu'un ciel flamboie -- para que un cielo resplandezca

Le rouge et le noir -- el rojo y el negro

Ne s'épousent-ils pas? -- ¿Acaso no se juntan?


Ne me quitte pas -- No me dejes
Ne me quitte pas-- no me dejes
Ne me quitte pas -- no me dejes
Ne me quitte pas -- no me dejes


No encuentra eco… el amor compartido ya parece ser una utopía, pero él no está dispuesto a retirarse. Prefiere convertirse en la sombra de su amada, rebajarse, limitarse a observar sin molestarla… todo, todo soportará, menos que lo deje…

Ne me quitte pas -- No me dejes

Je ne vais plus pleurer -- no voy a llorar más

Je ne vais plus parler -- no voy a hablar más

Je me cacherai là -- me esconderé allí

A te regarder -- para mirarte

Danser et sourire-- bailar y sonreir

Et à t'écouter -- y para escucharte

Chanter et puis rire -- cantar y luego reír


Laisse-moi devenir -- deja que me convierta

L'ombre de ton ombre -- en la sombra de tu sombra

L'ombre de ta main -- la sombra de tu mano

L'ombre de ton chien -- la sombra de tu perro


Ne me quitte pas -- No me dejes
Ne me quitte pas -- no me dejes
Ne me quitte pas -- no me dejes
Ne me quitte pas... No me dejes...


...
De toi



Les matins d'hiver





Bravo, Gérard!

viernes 19 de diciembre de 2008

Donna...


Donna...
por Raquel Barbieri

Ni siquiera estoy segura de recordar su nombre y me culpo por eso... como si un nombre no fuera importante en la vida de un ser humano, aunque para las monjas evidentemente no es tan esencial el nombre con el que los padres las inscribieron al nacer, sino el Sor que eligieron más tarde. Entonces, para ciertos seres, un nombre no es sino algo aleatorio que puede ser cambiado a piacere y que tal vez termine incidiendo en la esencia misma de la persona.

Para no llamarla ella, la monja, la hermanita, la religiosa, diré que su nombre era Sor Camila. Me gusta el nombre Camila para una religiosa joven y entregada vaya a saber uno por qué, a una vida de renuncia al sexo. Solamente por ese enigma a descifrar es que algo más fuerte que mi propia voluntad me llevó a observar a Camila como si fuera un animal al que debía disecar y analizar por partes.
El caso es que en medio de los vapores estivales que me encontraron cruzando calles en Santos Lugares, llegué a la vida de Sor Camila que hasta me gustaría más a estas alturas ponerle Sor Juliana. Tenía más cara de Juliana que de Camila y posiblemente se llamara Hilda, Berenice o acaso simplemente María, eco de una vieja canción que viene cantándose desde hace bastante tiempo, una canción en donde la vida suele estar supeditada a la necesidad de sentir el amparo de algo superior a uno, en este caso, la iglesia y tal vez, Dios.

Camila o Juliana era muy delgada; de una delgadez que de acuerdo al ángulo desde el que se la mirara, podría ser extrema o discreta. Viéndola de atrás o de adelante, daba la sensación de estar frente a una tabla de planchar apoyada prolijamente contra la pared del lavadero, con la funda correspondiente y bastante limpia, pero no demasiado. De perfil, un rostro entre aborigen y español de corte huesudo y nariz protuberante, una de esas narices que se ven aún antes que el resto del rostro, sobresalía en medio de una tez entre grisácea y amarillenta que escupía un par de cejas de hombre. Sé que todo suena feo, pero en conjunto creaba una armonía, extraña armonía de una música no mozartiana sino más bien de Arnold Schönberg, un cuerpo y un rostro dodecafónicos.

Las manos de la Sor parecían de adolescente y ese rasgo me dio ternura, con esas manitos andaba por esta vida perra, con esas manitos tal vez solamente tocadas por los niños de la comunión, la Camila Juliana existía sin esperar que un hombre la amara o que por lo menos la deseara carnalmente. No había por dónde poder empezar a desear a la hermanita, aunque hay gusto para todo y yo le tomé cariño de inmediato, en cuanto me dio la bienvenida a la iglesia.

Era una tarde de sábado, de temperatura casi caribeña aunque algo menos húmeda. Me bajé del ómnibus en el que solamente el conductor y yo viajábamos, con un poco de desconcierto ya que nada coincidía con lo que se suponía debería encontrar al bajar; me esperaban sí unos matorrales frente a un terreno baldío, y los escombros del esqueleto de algo espantoso y gris. De un lado, árboles y césped; del otro, piedras y algunas casas bajas de bastante buen aspecto. Caminé dos cuadras y la iglesia antigua se abrió paso ante mí. Llegué puntual y antes de entrar, tres religiosas me sonrieron diciéndome, no al unísono: - ¡Bienvenida!


Me quedé con la cara de una de ellas rondando en mi mente. Tendría unos veinticinco años, no creo que llegara a treinta; a veces es difícil calcular la edad de las monjas porque su estado parece alejarlas de todo parámetro. Uno no espera que la religiosa sea bella sino que sea algo extraña, atemporal, de color indefinido, de forma indescifrable, de origen incierto, aliento pesado, caminar masculino y falta de gracia.

Sor Camila Juliana era una mezcla de todos esos aspectos y además poseía un elemento incierto que me hacía mirarla involuntariamente, al punto que las otras religiosas se desdibujaban por completo y aparecían como una mancha beige y azul petróleo, los colores de su antiguo hábito con tres tablas encontradas por delante y por detrás, enlazadas con un pequeño cinto del mismo género áspero y resistente, como el aparente temperamento de Sor Camila Juliana, que a estas alturas no dudo que tenía cara de Josefina y se lavaría la cabeza una... o como mucho dos veces por semana, como las viejas que creen que el olor a cabeza sucia no se percibe y que la tintura y el spray lo tapan todo.
La tintura de la monja es la cofia tapadora de grasas y hedores, y la cabeza de Sor Josefina se aparecía ante mí obsesivamente, despertando mi necesidad de lavar y cepillar su superficie con fruición hasta dejarla brillante y perfumada.
No creo que a Josefina le importara tanto la higiene; sólo sé que a mí estaba volviéndome loca la incertidumbre, el desparpajo con el que su cofia pretendía ocultar la mugrosa carga debajo de la alfombra persa, el muerto bajo la cámara de un piso de madera y tirantes. Su muerto era mi muerto y quería verle la cara… no era posible que no escuchara la misa por estar pendiente de la cabeza y la nariz de una monja encaprichada en no mostrarme su faceta oculta.
La misa transcurría ajena, una sarta de lugares comunes poco consoladores a mis oídos. Mejor que así fuera porque entonces yo podría concentrarme exclusivamente en mi monja, en mi animal de disección, en mi materia de estudio. Que se calle ese cura demente; necesito silencio para mi observación de Sor Josefina, ex Camila Juliana, probablemente Hilda, Berenice, Marta… o José Evaristo.
¿Y si fuera un José Evaristo al que la congregación ha protegido por caridad, por cristiandad, por algo que José Evaristo pudiera brindar al prójimo, que fuera más fuerte e importante que la vida y la muerte mismas?

J. E. me miró fijamente; he stared at me. Se me heló la sangre dentro de esa atmósfera de vahos calientes; entonces entendí que José Evaristo leía mis pensamientos así como yo había percibido que llevaba un muerto colgado de su ser, un pene inerte, un pasado desgraciado y un presente redentor de las miserias de una naturaleza que le jugó una mala pasada.

FIN

lunes 15 de diciembre de 2008

Tres al hilo

Desde las tripas del gran pez
por Raquel Gabriela Barbieri

Muchas noches pensó en matarse; exactamente trescientas veinticuatro veces que fue anotando prolijamente en una libreta azul, después de cada arrepentimiento. Había empezado siendo un papelito suelto en el que él escribió su primer intento fallido con fecha y hora. Al cabo de un tiempo, decidió comprar una libreta con el propósito morbosamente calculado de ver cuántas veces tenía que ensayar hasta que por fin, alguna vez se produjera su pasaje de esta vida a la otra.

Jonás Epstein vivía solo en una de esas cúpulas vidriadas de Buenos Aires sobre la diagonal Sáenz Peña. Invisible ante su familia que esperaba de él cualquier otra cosa menos que fuera lo que era, se deslizaba por las veredas y calles que le habían tocado en suerte, siendo un pintor sin ningún apoyo ni fuerza interior para abrirse camino. Descansaba en el consuelo de sentirse parte de la membrecía de todos los suicidados del mundo, y en cierta forma se regodeaba dulzonamente en la creencia de que su vida le pertenecía por completo y podía deshacerse de ella cuando quisiera, sin sufrir ninguna consecuencia.
Tenía algunos amigos que estaban tan o más amargados que él, anclados en un sitio en donde la autocompasión y la dejadez tomaban protagonismo, y desdeñaban con igual intensidad, la iniciativa de empezar a vislumbrar el lado amable de la vida.
Seguro de que su nombre lo había condicionado malamente, absolutamente convencido de que sus padres eran los culpables de haberlo llamado Jonás, así se sentía él, tragado por una ballena. El pez gigantesco que lo tenía fagocitado poseía su mente llena de imágenes negativas, en donde él siempre salía perdiendo y nunca concretaba sus deseos. Su nombre había sido la gota que horadaba la piedra, la gota que caía desde su niñez sobre su mente torturada. Jonás habitaba las tripas de la ballena y ésta no conseguía vomitarlo de una vez por todas.

Eran más o menos las once y media de la noche y la luna parecía estar tan cerca de la cama de Jonás, que él se sintió un navegante del espacio. Los vidrios de la cúpula dejaban pasar luces naturales y artificiales que se fundían en la retina del habitante de las entrañas del pez. Pensó en que no soportaba más la vida y decidió entonces, morir esa noche de luna llena enorme y escenográfica. Su pelo había alcanzado la mitad de la espalda. Sus ojos eran de una tonalidad gris apenas perceptible, castaños para cualquiera que se encontrara a más de un metro de distancia. Su belleza masculina estaba esculpida más sobre una expresión ausente, melancólica y de palidez sensual, que sobre unos rasgos perfectos. Esto acompañaba un cuerpo brioso y tonificado por obra y gracia de la madre naturaleza, ya que Jonás no movía un músculo más allá de sus manos para pintar, y sus piernas para caminar lo justo y necesario que la vida requería para no morir de hambre y sed.

Jonás era un misterio y un milagro, pero ante sus propios ojos, no era más que un despojo que no aguantaba más la vida y a la vez, no tenía el valor necesario para cortarla. Trescientas veinticuatro veces anotando sus intentos que no llegaron más que a un renovado desinterés por todo, en medio de colillas muertas irradiando su hedor ácido, tan contrastante con la belleza del pintor y su morada.
Pero esta noche de luna pendiente sobre su cúpula, una noche perfecta para unir su vuelo al de otras almas tan desesperadas como la suya, tomó una soga para colgarse de la única viga que pasaba por el techo, y estando en esa posición, sintió un calor pesado sobre su pecho. Un fuego que se había disparado desde el corazón y avanzaba rápidamente por su brazo izquierdo, quemaba y estallaba dentro de Jonás. Petrificado sin poder hacer nada, sólo vio la luna que lo miraba de frente y pensó:
- No quiero morir, por favor.

Su cuerpo sin vida cayó produciendo un sonido sordo y seco, como un disparo y Jonás fue por fin escupido desde el vientre de la ballena.

FIN

Mia y la santa del blindex
por Raquel Gabriela Barbieri

La santa vivía expuesta en su cuadro cubierto por el vidrio de blindex, aparentemente indiferente al trato poco convencional y con aires maleducados de ciertas personas que iban a retarla, más que a pedirle un milagro. Era eco de reproches, receptáculo de caprichos de mujeres que confundían sus propias malas decisiones con designios divinos, y era también oídos abiertos para aquellos que acudían a la iglesia a pedir por otros y no para sí mismos.Mia estaba convencida de que la virgen santa le hablaría, o que de alguna manera se comunicaría con ella. Le vino una imagen de la escena final de Suor Angelica de Puccini. Su desesperación por recibir una señal desde el otro lado del blindex era imperiosa.
Ella creía.Se quedó parada una hora y cuarto esperando, mirando fijamente a la Santa, hasta ver solamente una aureola blancuzca a su alrededor, y la imagen de la bella señora cuyos ojos transmitían la paz que Mía no conocía y necesitaba como el oxígeno para respirar. En eso, Mía salió del trance y no supo por qué. Los ojos le pinchaban del cansancio y los zapatos le habían sacado una ampolla en cada dedo chiquito. Se descalzó y caminó todo el trecho del pasillo de la iglesia una y otra vez, pensando en qué hacer, analizando por qué estaba allí; sí… ella era creyente pero en su mente albergaba dudas, las dudas de estar viviendo una escenificación de los deseos que la sostenían viva, ya que su vida consistía en muy poca cosa como para que en sí tuviera sentido. Su existencia sí se justificaría en caso de que la Santa le mandara la señal anhelada. Su vida era demasiado insignificante para que en el instante de la muerte, ella pensara:
- Misión cumplida.
Sintió una pequeña ráfaga de aire acariciando su cuello y una voz gélida y burlona, chillona, masculina pero con color femenino nasal, una voz descorporeizada y que provenía de todos lados:
- Mia… donna della mia vita!
Rispondi ai miei sospiri...Parlami di te... abbracciami come si fosse l’ultimo giorno della nostra vita,Mia, tutta, plurale, singolare, particolare,sentimentale, carnale, spirituale, riscaldata, fredda,noiosa, bella, splendorosa,cattiva, buona, eternale... vieni, vieni con me...
Mia sintió un estremecimiento horrendo y se desmayó frente al retrato de la Santa.
Cuando despertó, habían pasado horas. Lo extraño es que la iglesia estaba ahora cerrada, y nadie parecía haber advertido que ella yacía tirada en el piso frío dentro de esa atmósfera semicaliente de presencias bramantes que van a la iglesia a buscar una respuesta; ese calor proveniente de las almas en llamas, espíritus necesitantes de las altas gracias.Mia era presa del terror. Un frío recorrió toda su columna y los costados de los muslos. Todas las puertas estaban cerradas; la luz, apagada, y sólo se sentía un sonido obstinado de una gota que caía desde la techumbre sencilla del templo hacia dentro de una lata: ploc, ploc, ploc, ploc, ploc, combinado ese sonido de tortura china con el pensamiento recurrente de Mia: “- algo me va a pasar, algo me va a pasar, ploc, ploc, ploc, algo me va a pasar, algo está por pasarme, ploc, ploc, me va a pasar, me va a pasar, ploc, ploc, me pasa, ploc, ploc, está pasándome, ploc, ploc, no doy más, ploc, me pasa, ploc, ya viene, ploc…” y en eso, sintió un tirón, como una aspiradora de un wattaje inconmensurable, de una fuerza fenomenal, brutal que la absorbía hacia las profundidades del cuadro de la Santa.Cuando quiso acordar, Mia estaba dentro de la figura del cuadro y no podía salir.
Y nunca más salió. Recordó a la esposa de Lot convertida en estatua de sal. Recordó a Alicia a través del espejo. Algo le dijo internamente que al haber pasado del otro lado, la muerte liberadora ya no era posible. Esa era la respuesta: Ella quería algo distinto, algo que justificara su estadía en este mundo. Dios había planeado hacerse el distraído para no hacerla pasar por tal sacrificio, pero Mia insistió, fue, buscó, esperó y le sobrevino lo que no pensó que pudiera siquiera existir. Allí estaba, ahora era una Santa Mártir que debía escuchar pacientemente a los desdichados y a los que como ella, no veían encanto alguno en sus propias vidas y caprichosamente querían siempre más.Al día siguiente, los feligreses llegaron como siempre con sus pedidos escritos en pedacitos de papeles que colocaban en un canasto delante del cuadro de la Santa. Mia los veía a través del blindex, desesperada sin poder emitir voz. Pensaba y gritaba para sus adentros: “- ¡Socorro, sálvenme! ¡Que alguien haga algo!”, pero nadie podía escucharla, y de haber podido… ¿Habrían logrado hacer algo? ¿Habrían querido hacerlo o era mejor mantener a la Santa vitrada?Era tanta su impotencia que lloró como nunca en su vida, y su llanto fue tanto, que salió por los ojos de la figura del cuadro.“- ¡La Santa llora! ¡La Santa llora! ¡Es una señal!”

Todos se postraron ante el cuadro, entendiendo que Mia había hecho un milagro…
FIN

Tuya hasta la muerte
por Raquel Gabriela Barbieri

Pulchéria Alexandrovna Raskólnikov firmaba sus cartas con un dulce y firme “tuya hasta la muerte”, y eso era esperable en una rusa creada por Dostoievski, aunque sonaba rebuscado y demodé en Fernanda Bellucci, una porteña nacida en 1967, por más que ella estuviera casi convencida de que su real fecha de llegada a este mundo había sido 1870.
La Bellucci no se andaba con liviandades ni pretendía pasar por la vida en forma subcutánea; todo lo contrario. Ella era toda intramuscular y endovenosa porque de esa forma sentía la vida. Los sentimientos le calaban profundo y las sensaciones nunca eran ráfagas de brisa, sino vientos huracanados y envolventes, mutaciones de su espíritu que pasaban a su cuerpo y la hacían cambiar de forma y color. Esos matices provocaban que la gente no siempre la reconociera, ni aún sus familiares y amigos. Su fisonomía cambiaba y hasta la voz experimentaba metamorfosis raramente dables en un ser normal.

Fernanda adquiría características de los personajes que iba descubriendo y ellos se le metían dentro dictándole pensamientos en distintos idiomas, aunque leyera en castellano, aunque no supiera más que un idioma. Si leía a Dostoievski, Tolstoi y Pushkin, los personajes se le aparecían hablándole en ruso… así sucedió que llegó a sus manos un ejemplar del poema Eugene Onegin, y Vladimir Lenski se le presentó en su dormitorio a preguntarle si ella no era acaso su Olga amada. La Bellucci se vio en camisón, hablando con un poeta de San Petersburgo vestido a la usanza de la época y con un pequeño libro en la mano izquierda, porque él era zurdo como la mayoría de los románticos.
Fernanda lo vio directamente a los ojos y supo que era Vladimir, no dudó un instante, no pensó que fuese Onegin ni por un segundo; un Onegin no puede ser confundido con un Lenski porque entonces, la vida no tendría sentido alguno.
Fernanda podía percibir lo esencial.
Lenski se quedó parado por un momento a los pies de la cama de Fernanda, quien hablaba en ruso con el perfecto acento de quien ha nacido en las afueras de San Petersburgo. Ella sintió el impulso irrefrenable de besar al caballero elegante de la fina figura y se irguió empujada por una fuerza dulce y abrasadora que la pegó al cuerpo del poeta, que mirándola tiernamente le susurró:
“- Ya lyublyu vas, Olga” y al escuchar las palabras de amor, Fernanda se entregó a un beso casi interminable con el ruso, quien la había llamado Olga, y ella fue entonces esa Olga que con Fernanda no tenía demasiado que ver, pero que sí Fernanda había deseado ser toda su vida, sobre todo para ser besada por alguien como Vladimir Lenski.

Ella sintió que su cuerpo penetraba el del poeta y los dos pasaban a ser literalmente una sola carne y un solo pensamiento en ruso, un aroma a hojas secas del otoño de los campos de San Petersburgo, un cielo distinto al que ella conocía, y volaron los dos por ese cielo que los llevaba a una tierra más allá de esta tierra, un sitio en donde todavía la redención era posible.
Fernanda había firmado su sentencia “tuya hasta la muerte”, al estilo de Pulchéria Alexandrovna Raskólnikov, sin saber que las palabras escritas terminan cumpliéndose inexorablemente…

FIN

Nota: En este espacio, todos los relatos de ficción que publico, así como los de experiencias personales, son de mi creación. Autorizo su reproducción siempre y cuando mencionen mi autoría. Gracias.