Analizar al ser humano es una tarea interesante y no sólo materia de profesionales de la conducta; me refiero a que los puntos de vista de una persona que no necesariamente es psicóloga, psicoanalista, psiquiatra, médica en alguna de sus ramas, antropóloga, escritora, filósofa o socióloga, también valen y en ocasiones, suelen ser análisis menos contaminados por el preconcepto o por las teorías de los célebres que marcaron tendencia con sus descubrimientos sobre la personalidad, las neurosis y los traumas. Saliendo del terreno individual, se pueden analizar la idiosincrasia de las sociedades y el movimiento y reacciones de masas, sin necesidad de un diploma ad hoc. Tener calle, tener mundo sobre las espaldas, ser poseedor de sentido común: cuestiones que no se enseñan porque lo da Natura o estamos fritos, puesto que Salamanca non presta.
Creo que es conveniente tomar lo que nos enriquezca y ayude a crecer emocional, psicológica e intelectualmente, y estoy convencida de que la única forma de que el psicoanálisis sea sano, es no apoyarse en él como si fuera una muleta sin la cual no poder vivir; en ese caso estaríamos alimentando otra neurosis, una nueva fobia: el tener que arreglárnoslas un poco solos y sentirnos incapaces de hacerlo, entrando en pánico cuando el psicólogo se va de vacaciones o cuando nos dan el alta en la terapia.
Obviamente que no estoy refiriéndome a personas que manifiestan grados severos de depresión o de alguna demencia.
Me parece que una buena terapia (entiéndase un buen terapeuta) a tiempo puede ayudar a tener un presente más equilibrado, un futuro más feliz, más pleno; y además es sano habituarse a la meditación (que no es otra cosa más que hablar sinceramente consigo mismo), una buena aliada que abre panoramas, nos permite relajarnos y no ser ajenos a nuestro interior, no acallarlo, escucharlo y ver qué hacer para estar mejor.
Lo malo y torpe en la persona se presenta cuando ésta no quiere conocerse a sí misma y se autoengaña, cuando no se atreve a ser quien es realmente, no mostrando su verdadera personalidad guste o no, cuando la persona se acostumbra tanto a fingir que un día al mirarse en el espejo ya ni sabe quién es ése o ésa que está ahí. Eso es grave para ella y para su entorno más inmediato; el resto de la gente, tal vez ni se entere, ni le afecte, ni le importe.
En fin, siempre me gustó analizar al ser humano, desde el jardín de infantes. En aquella época, observaba con atención qué hacían los demás, cómo hablaban, las gestualidades que hacían con los ojos y con las manos, cómo cada cual reaccionaba de distinta manera cuando la maestra lo retaba o lo alababa.
Empecé a detectar obsecuentes y contestatarios, chicos buenos y chicos malditos que hoy deben ser adultos semejantes o peores, cuando todo empezó robando o rompiendo los lápices de colores de las compañeras, tirando al inodoro la germinación del másbuenoquelassie de la clase, destruyendo carritos de supermercado, incendiando tachos municipales, buzones de correo y aplastando las plantas de los canteros lindos de la plaza, los boulevards y las veredas ajenas, cuando no dándole vuelta el fitito a la profesora de matemática de segundo año, buena persona algo débil de carácter. No a cualquiera le nacen esos instintos, y suponiendo que uno pueda imaginar una maldad por día... de la imaginación a la consumación del hecho hay un abismo de diferencia.
En la infancia está la simiente de lo que será ese adulto. Desafortunadamente para mi sensibilidad, yo conocí tres "chicos mengele". Estos eran los que maltrataban animales atándolos, pegándoles con un palo, arrojándoles piedras, quitándoles el pico a los pollitos vivos, inyectándoles sustancias para observar con perversión las reacciones de seres tan vivos y capaces de sentir el dolor como ellos. Quien comete estos actos de sadismo que reflejan un placer extremo en el sufrimiento ajeno, no suele abandonar la infancia sin resabios de ese odio por la vida. Nadie que haga daño ex profeso puede amar la vida; de hecho, la mayoría de los chicos entre seis y doce años no tienen la tendencia a flagelar a otros. No es normal.
En todo adulto sádico habita su niño malo, su Mr Hyde. El adulto "bueno" no es quien precisamente haya tenido una linda infancia, sino que aún habiendo atravesado ratos amargos llenos de circunstancias en su contra, éstas le sirvieron para compenetrarse más con el dolor humano y animal. De ahí nace la compasión, o al menos, debería. Honestamente, no creo que alguien cambie radicalmente; sí creo en la mejoría pero no en el cambio de 180 grados en lo que a esencia se refiere.
Volviendo a mis miradas sobre el mundo exterior durante mis primeros años, de tanto escuchar a los otros, a veces me copiaba frases de adultos externos a mi familia, y las usaba posteriormente en respuestas en casa para defenderme. En aquel entonces, no me analizaba a mí misma; era demasiado infante para tener algo de objetividad y verme. Sí tenía despierta la capacidad de observación del mundo y por eso imitaba voces de los demás y repetía frases de la maestra en casa (según conviniera), a los maestros les respondía con frases textuales de las novelas de Migré como si me fueran propias, y hablaba con todas las viejas del barrio usando el vocabulario de mi abuela: Vimos una cinta lo más linda con Gregory Peck. Esta chica es una monada. El día está regio para ir a caminar. Estoy loca de la alergia. Tengo una jaqueca terrible (y acá, me fallaba, puesto que en lugar de "jaqueca" yo había entendido jajeta y decía “ay, qué dolor de jajeta, debe ser que estoy loca de la- lergia”).
Testimonio Questa sono io:
Mi primo Mariano, otro chico llamado Alejandro y yo, estando en salita de cuatro años nos escapamos de la escuela y nadie se dio cuenta hasta pasado un rato nada desdeñable. En ese lapso, cualquier cosa pudo habernos ocurrido. La directora estaba distraída hablando por teléfono, la portera se encontraba limpiando el piso con esos cepillos anchísimos que arrastran aserrín para absorber las pringues escolares, actividad que la tenía sumida en una especie de enajenación. Sólo miraba el piso, el cepillo y el recipiente destinatario de aquel montículo infame. Mi maestra Susana, entre tanto, se entretuvo con la otra maestra del aula contigua llamada también Susana, y así, del modo más visible, Mariano, Alejandro y yo trepamos una escalera marinera que conducía a las terrazas de la escuela. Fuimos caminando por los techos hasta llegar a la esquina que era nuestro objetivo final: el patio de la casa de Alejandro.
La idea era ir a tomar la leche y volver; no pretendíamos huir del país.
Cuando la madre del chico nos vio, casi se murió. No tomamos ningún Toddy o Nesquick, lo cual me frustró un poco, y volví de la expedición con el pelo hecho helecho y el delantal sucio, un tajo en la mano y las rodillas raspadas, pero interiormente estaba feliz y me duró la felicidad un largo tiempo, y esa porción de felicidad no permitió que me dolieran tanto la vacuna contra el tétanos y la paliza que ligué en mi casa por parte paterna. Yo había descubierto de la mano de dos varones intrépidos, que podía escaparme hasta de una escuela y ni se darían cuenta; entonces todo era posible en la vida. A partir de ese momento, con cuatro años de edad, sabía que cuando las maestras están hablando entre ellas, una directora caza el teléfono, la vice está a cuatro manos haciendo lo que la directora tendría que estar haciendo, la secretaria sale a hacer diligencias y la portera arrastra el lampazo preguntándose por qué carajo tuvo que tener ese trabajo y no otro… el mundo está distraído, y con un mundo en distracción, un chico sale de su casa o de la escuela, se toma un micro a Retiro que lo lleve a Villa Gesell, se mete en el mar, se ahoga y los padres lo pasan a buscar por el pelotero del McShit pensando que está en un cumpleaños comiendo la Cajita Infeliz.
Foto 1: Salita de 4 años.
-Mariano (fila de los que están de pie, de derecha a izquierda el tercero con flequillo Beatle)
-Alejandro (al lado de Mariano, pelo oscuro, raya al costado y sonrisa)
-Raquel (segunda fila, de izquierda a derecha, la segunda nena, pelo suelto)
Foto 2: Yo en la plaza de la calle Bulnes en el barrio de Almagro en Buenos Aires.
Foto 3: Posando para la foto de primer grado.







