
Soy de apasionarme, de quedar prendada, prendida, enlazada, cosida, bordada, involucrada, attached, je ne sais pas si malheureusement attachée ou heureusement amoureuse.
Soy de leer cuatro o cinco libros al mismo tiempo por una cuestión de ejercicio intelectual, de variedad de gustos y también porque no todos los días deseo sumergirme en lo mismo. Los jueves son distintos que los martes, y los lunes no se asemejan al viernes ni por asomo. Hay días para el teatro de Molière, otros para la dramaturgia de Carlos Gorostiza, los poemas de Robert Frost y las ocurrencias de Mark Twain. Hay tardes de lluvia para un Vargas Llosa, noches tranquilas para las biografías, mañanas soleadas para las lecciones de Stanislavski, o para las revistas de salud que me llegan al correo electrónico.
Existen momentos en que el cerebro pide descanso y necesita nutrirse de pavadas, cuando en otros ratos, el dramatismo toma protagonismo; no el melodrama barato, sino el drama que es parte del grito humano.

Luego de haber terminado de leer casi todas las obras de Sándor Márai, después de haber ido al teatro a ver “El último encuentro”, tan logradamente protagonizada por Duilio Marzio, Fernando Heredia e Hilda Bernard… bastante después de haber leído un par de libros de György Mikes, un húngaro de humor ácido que me cayó bien desde la primera frase, un emigrado a Londres que dedica años a observar y opinar sobre esas personas tan particulares que son los ingleses... aparece Frigyes Karinthy en mi vida, como si se tratara de un ser querido del cual tomo conocimiento a través de una carta vieja que se desvela ante mí por primera vez, como si unos padres le contaran a su hijo que tiene un hermano oculto en una clínica, y que no han sido presentados dado el historial dramático que aqueja al alienado.
Es raro lo que digo porque es raro lo que vivo. ¿Por qué habría de ser corriente lo que me sucede si leo historias extrañas de personas con las que siento identificación en algún punto, aunque más no sea en un pequeño punto expresado en una idea clara y vívida que llega a la hora oportuna? Me ha sucedido antes con George Sand. Un día se me pasó y quedamos en paz: ella desde su Más Allá y yo desde mi Más Acá.
...
El principio del fin de Karinthy comienza cuando él escucha un tren que pasa todos los días en el horario vespertino de las siete, una de mis horas favoritas; no sé si sería también la de él. Indefectiblemente, la locomotora cruzará las fronteras del espacio existencial de Frigyes en una Budapest en donde el tren ha dejado de pasar hace rato…

“Tal vez haya sido un camión pesado. Volví al misterioso refrán del crucigrama. Muy bien; pero un minuto después salía el segundo tren, con las mismas trepidaciones y estridencias. También esta vez gruñía, chirriaba y el ruido iba alejándose gradualmente.
Giré nerviosamente la cabeza hacia la bocacalle. ¿Desde cuándo pasan por aquí trenes? ¿O es que están probando algún vehículo nuevo? Había visto el último tren en las calles de Budapest a la edad de siete años; era un tren de vapor que pasaba por la calle Baross, donde vivíamos en aquella época. Desde entonces, que yo sepa, sólo existen tranvías eléctricos, pero el más próximo pasa bastante lejos, por la calle de la Universidad:”
Estos eran los primeros avisos de que los trenes existían dentro del cráneo de Karinthy, que cada tarde, en forma obstinada y repetida, enviaban el estruendo para ser percibido tan sólo por él y no por los demás transeúntes que caminaban las calles que él mismo gastaba con sus zapatos. Ellos no calzaban sus zapatos porque nadie está en condiciones de saber lo que es calzar los zapatos de un enfermo. Se puede imaginar, fantasear, pero Karinthy, como todo enfermo, estaba solo en su dolor, en su molestia, en su mundo particular. Tan solitario estaba en su realidad, que hasta su esposísima creyó que él padecía de la hipocondría inevitable por la que transitan los estudiantes del primer año de medicina, aunque él hubiera pasado escasamente por el primer semestre de dicha carrera hace muchísimos años.
Observé a lo largo de la obra, y no es un ensañamiento sino algo que me llamó la atención, malamente, sí... una cierta frialdad en ella, una psiquiatra que dedicaba sus días a los enfermos de las salas de un manicomio de Viena, estando su familia en Budapest, estando su marido caminando en zig zag porque el tumor ya era el timonel del barco.
“Tan sólo circulaban unos cuantos automóviles, nada más. Levanté bruscamente la cabeza tres veces seguidas, sólo al oír el cuarto tren, me di cuenta de que estaba alucinado.”

En principio, y a modo de cierto consuelo o negación, Frigyes recordó que cuando niño, solía escuchar voces que lo llamaban por su nombre en diminutivo, “Frici”. De manera que ahora, en la plena adultez a sabiendas de falta de tren en las cercanías, Karinthy recordó aquellas voces de la infancia y por unos instantes, eso le sirvió como explicación, aunque inmediatamente y debido básicamente a que estamos hablando de un hombre despierto, intelectual, literato, periodista y conocedor de la ciencia… las pequeñas e inocentes alucinaciones del pequeño Frici escuchando su nombre por las calles pasó a un plano inexistente de memoria pueril:
“Pero esta vez, se trataba de una cosa muy distinta. El ruido era imperioso, violento, encarnizado, una trepidación férrea, tan fuerte que llegaba a cubrir los pequeños ruidos de la vida real; el camarero me decía algo sin que yo me enterara de ello. Y en vano buscaba la fuente de esos ruidos. Deben de haberse producido dentro de mi cabeza.”
No obstante la extraña y molesta circunstancia, Karinthy pensaba que para ser síntoma de algo malo, el pasar de la locomotora era una cuestión de poca importancia. Para que su mal fuera un mal con todas las letras, tenían que suceder cosas peores.
Cuando estamos enfermos, necesitamos tomarnos un tiempo antes de aceptar la enfermedad a nivel consciente. No es corriente que alguien, sobre todo si es una persona que trabaja con las hipótesis (tal es el caso de Karinthy) se conforme con un gran mal antes del tiempo debido. La aceptación de un cuerpo maligno dentro de nuestro cuerpo, necesariamente requiere de un tiempo de decantación: Se descubren los síntomas, se busca, se investiga esperando encontrar algo que no coincida con lo que padecemos; ese algo no aparece, entonces el investigador agudiza y mejora los métodos, observa el mundo en forma global y parcializada, presta atención a los detalles más insignificantes de sí mismo y del resto de los mortales que lo rodean. El enfermo sabe que no es el mismo de antes; sin embargo, la aceptación del alienígena que penetra su ser sin permiso alguno, no es fácil de deglutir. El alienígena está ahí, acechando en todo momento; se calla, da tregua, juega, engaña, tal vez duerma porque él mismo llega a padecer cansancio... pero en cuanto el enfermo ve el rayo de luz y bebe de la copa de la esperanza, el mal vuelve a atacar y eso le sucedió al escritor.
Karinthy padeció un tumor cerebral que lo llevó a severos exámenes hasta llegar a la operación que les comenté en una entrada anterior, aquella cirugía de siete horas en que su cerebro se mantuvo suspendido, estando él despierto para evitar la muerte durante la cirugía, para poder extirpar la bola malévola que dominaba los movimientos del hombre, haciéndolo caminar con un marcado desvío hacia el costado, vomitar por largo tiempo hasta memorizar el lavabo y el retrete como su propio nombre, marearse, doblarse del dolor y aún así, seguir filosofando sobre la existencia humana.
Vuelvo a comenzar con mi frase inicial; será porque la ópera repite frases una vez tras otra porque solamente de esa manera se consigue poner énfasis en lo que es imperioso comunicar… y yo padezco de una sobredosis de ópera:
Soy de apasionarme, de quedar prendada, prendida, enlazada, cosida, bordada, involucrada, attached, je ne sais pas si malheureusement attachée ou heureusement amoureuse.
Sé que Karinthy Frigyes no me ha pasado inadvertido…
(continuará)
Fotos:
1 - firma de Karinthy Frigyes (a la usanza húngara de colocar en primer lugar el apellido seguido del nombre de pila)
2- Caricatura en acuarela y tintas de Karinthy.
3- De derecha a izquierda, el primer hombre sentado.
4- Tumba de Karinthy y su hijo Ferenc.




















